Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.
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пятница, 14 января 2011 г.

Desierto rojo.


Capítulos 15 y 16 o el sueño del faro

No sabía cuantos días llevaba caminando. Las latas que comía me sabían todas a lo mismo. Llegué a pensar que si comiese tierra sería más agradable que volver a abrir otra lata. Estoy extremadamente cansado. He caminado durante horas a través de la arena ardiente del desierto, tengo las botas y la ilusión destrozadas y estoy cansado, cansado. 

He llegado a un sitio que parece un antiguo pueblo. Me acurruco en la esquina de dos paredes desnudas. Abro una lata. Me duermo pensando en mi mujer e Ivan, cosa dulce, hecho de lunas rojas y de besos. Me duermo feliz...

Bien, el sueño fue así:
Un faro. Un acantilado. El cielo derramando fuego púrpura sobre el mar. Cien personas con velas mirando en dirección a mi. Al principio me espanto, pues no tengo conciencia aún de estar en un sueño, pero a medida que me acerco y veo sus caras sin rostro, la luz de sus velas sin luz, voy aceptando que nada es lo que debiera ser y estoy soñando. Se apartan los portadores de velas, como fantasmas silenciosos, hacia atrás, y me dejan camino libre para acceder al faro. Sin miedo, consciente de mis pies y su destino, y de la nube que es un sueño, tan frágil, de lo pompa de jabón que es un sueño, me encamino con ellos entre las rocas, y entro en el faro. Un sonido imposible atraviesa, como un pitido, nunca oído antes por mí, que de rudo me llega a marear, de repente para y comienza a sonar "la vie en rose".
Subo las escaleras de caracol buscando a Edith Piaf.

Cuando llego arriba el faro deja de girar,  se centra en mi, me alumbra... Y explota. Por suerte hay un candil. Lo enciendo y volteo la luz inmensa que protege a los barcos.Y allí está Edith, en una radio, es una imagen bella. Oigo las olas romper contra la vie en rose, el viento se cuela por la cristalera rota silbando " Il me dit des mots d'amour, des mots de tous les jours,". Y de nuevo el sonido insultante interrumpe la escena idílica. Me tiemblan los oídos de dolor. Y de pronto para. Una voz comienza a repetir unas coordenadas y las palabras "estamos a salvo".  

De repente despierto al borde del desierto. La boca seca, como si hubiera pasado la noche comiendo arena... me viene a la cabeza Edith Piaf y salgo a caminar, después de haber bebido un largo trago de agua.



Cuando he cruzado el pequeño pueblo al borde del desierto me viene un olor a sal insoportable. Recuerdo de mi infancia por las playas, corriendo mi niñez entre las caracolas, si, es ese olor, lo distingo, cerca está el mar. No puede ser. El mar. Me da temor. No se qué pasaría con el mar tras las explosiones que nos mandaron al purgatorio, espero que no sea un residuo de muerte como todo por aquí. Mientras pienso esto acelero el paso. Cómo cuando el sol está ya bajo las nubes rojas y todo está más oscuro, después de andar unas horas. Y al caer la fría noche por fin, ante mi, a escasos metros está la bestia de la muerte, la verdadera guadaña, la señora de negro, ante mí, púrpura, como en el sueño, aparece un mar contaminago, quién sabe si eternamente... Y detrás, como en el sueño, un faro.
Camino hacia el faro. 
Cuando estoy cerca descubro gratamente, de lo contrario habría muerto de terror, que está en pie, y que no hay gente con velas esperándome. Al llegar entro. No suena un pitido, ni Edith Piaf, pero suena una voz. La misma que en el sueño, repitiendo las coordenadas, y hay un mapa cerca, con la situación en la que estoy y algunos apuntes. Comienzo a soñar con la posibildad de que alguien más sobreviviera al holocausto. Cae la noche fría y gris, la madrugada, me echo a dormir,  con la sóla compañía de esa voz en bucle...

понедельник, 27 декабря 2010 г.

Desierto rojo. (poemas)


Nº 7 El ave

Que la palabra OJO me mira. 
Que la palabra OJO me llora.
         I  I
         I  I
Que el aVe se ha perdido.
Que anida en tanta ruina en la que hay vida.
Que hay vida en tanta ruina en la que anida.

Una bofetada de vida.
Golpe de esperanza.
Hasta que abrí los ojos.


Nº 8 Noche en la ciudad.

He sentido terror en la ciudad. 
Sonidos roncos se apoderan. Como de viejas máquinas
con reminiscencías tardías de querer ejecutar su función
silban a lo largo de las calles vacías, entre los coches destruidos
y a través de mis tímpanos.

Todo está lleno de fantasmas.
Esta noche el terror es mi hermano.
Dormimos juntos, de la mano.




Desierto rojo.


Capítulo 13

Si. Como siempre. Lloro. Mientras lo persigo lloro. Con todo mi cuerpo. He pasado años en este mundo rojo vacío de vida, sólo he visto alguna vez sesenta cucarachas preparando invasiones al rincón del sofá o la despensa, y ahora mis ojos lloran mientras la persigo perdiéndose sobre la linea del horizonte en dirección al rojo sol. Qué imagen más monstruosa me evoca. Con mi creencia firme desde el principio de que vivíamos en pura soledad plena. Pero ahora, aquí, a mucho tiempo desde mi partida, mis ojos miran un ave perderse. 
No puedo esperar para contárselo a mi mujer y a Iván. Por un instante siento unas ganas horrendas de volver a su lado corriendo y contarles que hay un ser alado que ha sobrevivido, quién sabe si construyó su nido con la misma alquimia de amor que yo construí mi casa. Pero ahí está. El ave Ícaro, perdiéndose contra el Dios del fuego.

Ahí estamos los dos, volando sin temor hacía el futuro, que siempre queda de frente. El con sus alas, díptero. Yo con mi llanto humano.



Capítulo 14

Doble arcoiris sobre el desierto. Oh. Ah. Sí. Increíble. Doble arcoiris. Mis sueños desde que vi al pájaro son diferentes. Antes siempre ocurría una historia con principio y fin. Algo terrorífico o hermoso. Y siempre ocurría en mi casa. Con Iván, con mi mujer. Pero ahora, desde que vi aquel pájaro, mis sueños son imposibles iconos coloridos, ríos azules donde se puede beber algo que no sea azufre; cascadas, estanques, arcoiris, arcoiris dobles, mujeres bellas haciendo el amor sobre una sábana caliente y mojada, atardeceres de mar serena, mi mujer y mi hijo sonriendo y dando vueltas sobre si mismos...
Cada vez que despierto de mis sueños de color y me encuentro mi mundo rojo, que me espera con su ojo rojo que me mira con su pupila de fuego, que ayer fue un ave y hoy es otra, una sonrisa nostálgica despierta conmigo.

A lo lejos distingo una ciudad. Provisiones. Agua quizá. Cobijo seguro. Me encamino a la destruida urbanidad, buscando quizá un instante de sociedad en bucle, una cafetería con tres personas. Uno tose. Otro desayuna tostadas de aceite. Un tercero marca varios números y acaba marcando el seis y se pone a hablar con su pareja mientras la camarera pasa la balleta por la barra y yo doy un trago a mi café como si nada hubiera pasado. Como si me fuera a incorporar a mi trabajo en media hora. Leo el periódico y este reza: 
Recuerda: esto que vives es imposible. Esta vida fue destruida. 

Sacudo la cabeza para que se evaporen las nostalgias tontas, sigo caminando. La ciudad está cerca.



вторник, 21 декабря 2010 г.

Desierto rojo. (poemas)


Nº5 La casa indestructible.

Para hacer una casa indestructible
no hace falta ladrillo indestructible
solo es necesario amor indestructible.

La alquimia de este amor con el énfasis
durante la construcción a la hora de hacerlo
contra la pared, en el suelo, sobre los muebles de la cocina,
en el baño, en el bunker, 
en la entrada,
en la pila de lavar,
crearon la casa en la que vivo con mi amor y mi hijo.

No era el único que amaba en el mundo, imagino.
Pero parece que sí era el único cuyo amor influiría en la supervivencia.
Supongo que por eso siempre sentí que nadie sabía amar,
sólo yo.

Y supongo que por eso mi casa es indestructible
y sobrevivió a la debacle
que acabó con toda la humanidad, menos con mi mujer,
conmigo, o con su vientre.


Nº6 Arco iris y arbustos.

Después de cuarenta días caminando encontré un cambio en el cielo.
Las nubes no eran rojas en esta parte del mundo. 
El azul se hacía con el infinito hasta entonces siempre rojo.
Algunos arbustos se mantenían vivos sobre la tierra roja.

Esto no fue lo que más me sorprendió,
no fue que haya vida más allá de la de mi familia
y nuestras cucarachas.
Fue el arco iris.
Estaba al fondo del telón azul. 

Lloré durante los escasos minutos que pude verlo.
Al perderlo de vista continué mi camino, ahora sonriente.

суббота, 11 декабря 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 11

Hoy no tenía que ser un día especial. Me he despertado, como casi cada día, arremolinado en el vientre de mi amor. He caminado torpemente al baño. Me he aseado. Cuando he abierto los ojos ahí estaba ella, mirándome con ojos de gato, hemos hecho el amor, nos hemos abrazado bajo la lluvia caliente. Nos hemos vestido y hemos caminado juntos hasta el salón. Iván nos esperaba jugando a la consola, como tantas otras mañanas. Hoy no debía ser un día especial, pero al mirar los ojos de Iván, sobre su nariz sobre su sonrisa feliz de matar monstruos, he descubierto una pena inmensa de inmensa soledad. No he dicho nada al respecto, como hoy no debía ser un día especial he ignorado esta imagen y he mirado a mi mujer para besarla, mi error: abrir los ojos. He visto sobre su beso su naricita debajo de sus ojos cerrados, y he visto en sus labios una soledad inmensa, de inmensa pena.

Hoy no debía ser un día especial, pero lo es. Porque una inmensa sensación de soledad me ha atrapado para el resto del día. No he dicho nada a mi mujer. No he dicho a mi mujer lo que he visto cuando horrorizado he visto en el espejo, en mi propia boca, en mis propios ojos, toneladas de soledad acumulada. He cogido la cámara. El trípode. Y he decidido salir a fotografiar la soledad.

Primero Iván, que ya no está jugando a la consola porque está persiguiendo cucarachas. Le he dicho: mírame. Y he fotografiado sus ojos llenos de soledad. Luego mi mujer, que estaba en el salón leyendo a Julio, le he dicho: a ver, amor. Y he fotografiado sus labios repletos de soledad. He salido al desierto. Mi casa indestructible se alzaba sobre los restos del mundo, la he fotografiado con toda su soledad. He dado la vuelta a la cámara y me he fotografiado a mi con mi desierto. He echado a caminar y he fotografiado piedras, extensiones vacías, cucarachas, he escrito algún poema en mi Moleskine, sobre la soledad.
Sentado en una piedra he llorado y le he hablado al desierto:
Desierto rojo, la soledad es tu fruto.

Tras esto he vuelto a casa. Ya vencido este día.


Capítulo 12

Mi mujer llora. Iván llora. Yo estoy llorando. Los tres estamos aceptando mi pronta partida. Los tres estamos de acuerdo, aun poniendo en riesgo nuestro pequeño paraiso familiar, en que va siendo hora de un viaje, una búsqueda. Que ya va siendo hora de cumplir el sueño atroz que tuve. ¿Buscar más vida? ¿No me bastan mi mujer y mi hijo? ¿No me basta mi vasto mundo rojo? ¿Las cucarachas? No. No me bastan. Ayer sufrimos tanta soledad que sentí que íbamos a un paredón de fusilamiento. Tanta que pensé que era hora de arriesgarlo todo, de apostar a ganar. De encontrar a más gente. De explorar nuestro mundo. Así se lo conté a mi mujer, y así, llorando, ella me respondió que me entendía, que también había visto nuestros cuerpos arrasados a tiros en la pared de nuestra casa indestructible. Así se lo contamos a Iván, y así llorando, el apoyó la idea. 
Ya lo dije hace mucho. Hace falta mucho más que una familia y un mundo destruido para ser feliz.

La conclusión: preparativos. Mochila enorme, botellas de agua, latas de conserva. Besos, brazos que se pierden mientras yo me alejo. La conclusión: el viaje. A ver a dónde llego. A ver si llego vivo. 





четверг, 2 декабря 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 9

Esta noche ha hecho un frío especial. He soñado que el apocalipsis ocurrió de otra manera. O quizás he soñado en este mundo rojo que me ha tocado vivir, pero trasladado a un tiempo futuro. Al fin y al cabo he soñado un desierto azul, y no me cansaré de usar esta palabra: Desolador.
Y yo no tenía casa, vivía en cuevas. Y no tenía familia, hacía frío. Y no era el único ser vivo, había monstruos. Monstruos de hielo, Moby Dicks por tres. Monstruos enormes. Y había más seres vivos, y morían. Comidos por los Mobydicks o helados, morían llorando de terror o pena. Y yo anhelaba mi desierto rojo. No quería rendirme del todo al sueño. No quería aceptar que estaba atrapado en un mundo a modo de bloque de hielo. Aceptar que estaba sólo, que mi mujer había muerto congelada, que Iván murió de frío en su vientre.
Así que desperté, yo soy así, decido lo que sueño de hace tiempo, he aprendido a soñar con tanto tiempo libre, y bien, miré a los ojos de mi amor, cerrados, y quise imaginarla soñando que sonríe, que lleva a Iván al cole, que hacemos las tareas por la tarde, el amor mientras duerme, y que por las mañanas al trabajo. Me gusta imaginar que sueña dulcemente. 
Para quitarme el frío que me ha dejado el sueño la he abrazado. Y ella se ha despertado. Ha sonreído.
Yo le he contado el sueño y dice, como acostumbra ella a decirme siempre, que no delire. Que este es nuestro mundo, un mundo rojo para siempre eterno. Sin monstruos más que la enorme soledad y el fuego. Que el mundo que soñaba no es posible. Y no se si es verdad lo que me dice, pero acostumbro a escucharla y a confiar en ella sobre todas las cosas y, tan acostumbrado estoy, que sus palabras me hacen entrar en calor y olvidar los malos sueños cuando acechan.


Capítulo 10

De no sé dónde. Mi mujer está histérica. Iván alucinando. ¡Cucarachas! Han empezado a salir no sé de dónde, después de tantos meses, y están por todos lados. No sé que significa para mi mujer esto, ella es tan sorpresiva para todo, igual está por dentro maldiciendo. Iván ya tiene un juego nuevo, mi niño ha proclamado  en alto que va a hacerse cazador, explorador y domador de éstas. 

Para mí las cucarachas son un signo. Una señal. Una advertencia muda. Una metáfora. Una ilusión. De nuevo creo en la vida. He de sumar al mundo que habitamos un dato más: estos pequeños monstuos. 
Me siento acompañado por su silencio, su caminar cabizbajo y con antenas me recuerda horrorosamente al ser humano, a mis amigos de la capital, a mi, corriendo con destino o sin destino, pero siempre corriendo por la vida. Huyendo o persiguiendo, yo no se. Con las antenas puestas por si acaso. Pero arrastrándonos, como íbamos, por el suelo. 

A veces cruje una bajo los pies del niño. Entonces cuando nadie mira yo la entierro. Si, mis semejantes han vuelto, van a reinar la tierra de nuevo. Y todos se merecen un digno funeral cuando se mueren. Salgo a la parte trasera de la casa, escarbo en el suelo ardiente, leo algún poema, homenaje a la vida, o pensamiento escrito, y la despido como se merece. Quizá, de las tres personas que habitamos el mundo, sea yo el único que se ha dado cuenta de lo importante que es este resurgimiento de tanto Samsa. Por eso soy tan tímido al respecto y mi mujer o Iván jamás sabrán que lloro en los entierros.

Desierto rojo.


Poemas del desierto
Nº3 Soneto del descubrimiento
de una ciudad.

He llegado a la ciudad en la hora del ocaso
y el mundo aquí no es diferente. Rojo fuego.
He llegado a la hora del ocaso, en el que niego
a mi cuerpo un sueño frágil, nimio, escaso.

Los ojos bien abiertos mantendré si acaso
no me fiase del terror nocturno. Ruego
al Dios de este desierto rojo, que anda ciego
y mudo, que su voz mude a mi paso.

Que me hable de que hay vida entre las piedras,
que me muestre la forma de encontrarla
entre los parques muertos con sus secas hiedras.

Que me ayude no en fe, si no en nombrarla.
"Que si, que hay vida aquí, creciendo mientras medras
tu fe donde ni yo puedo alcanzarla."




Nº4 Resurgimiento mundial
de la cucaracha

Pequeño bicho, tú tenías que ser.
Parte terrible de este mundo insólito.
Callada tanto tiempo bajo tierra.
Pequeño monstruo, tenías que ser tu
el primer tipo de vida que tras meses he visto.

Ya lo intuía.
Ya lo había oído.
El mundo un día será
para las cucarachas.

среда, 1 декабря 2010 г.

Desierto rojo. (poemas)


Poemas del desierto.
nº1 El bosque

Paseo, a veces, por el cadáver de un bosque
no muy lejos de casa.
Las fosas nasales se me llenan de muerte.
El pecho se me hincha
y se deshincha y todo lo que fluye poderoso
es un hálito de muerte.
Cientos de troncos muertos no alcanzarán jamás el cielo.



nº2 Iván

Has crecido jugando a mirar fotografías antiguas.
Preguntabas indiscreto qué es aquello o esto otro.
Eso, mi dulce paz, era lo que llamábamos la vida.
Te echabas a reir. No me parece tonto
pues todo lo que conoces, que es muerte,
es para ti la vida en realidad,
y lo que para mi y mamá es la vida es para ti tan sólo un cuento para niños.

вторник, 30 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 7

Lo contaré como si hubiera pasado, porque pasó ya que fue soñado. Cadáveres. Días y días (ya os hablaré del tiempo aquí, se mide en días) pisando cadáveres.  No seis días, ni doce. Ni cien siquiera. Años quizá, caminando sobre cadáveres. Cadáveres de bosques, de pueblos, de ciudades, de autos ya no tan móviles, de personas. No es difícil imaginárselo. Ya os he hablado mucho del mundo en que vivo así que imaginad el mundo en el que sueño. Barba de cientos de días. Pies destrozados, abrasados. Piel negra como la tizne. Cientos de días añorando a mi familia, soñando cada noche con qué será de nuestra cómoda vida en nuestro conocido páramo sin mi, y de repente, el pensamiento es interrumpido por una columna enorme de humo. Humo, humooo, hummmm, hummmmanidad. Humo, de humanidad. Y una casa si trazas una linea hacia el origen del humo. ¡Personas!. ¡Si!. Necesité un sueño donde sufrír lo que no me atrevo a sufrir en la vida para encontrar un rastro de vida en este desierto rojo.

Ahí estaba yo, parado. Llorando. Alegre. Asustado. Lo veréis una estupidez pero sólo pensaba en afeitarme. Tanto tiempo sin tratar con un ser humano bien podían haberme convertido en una mala bestia, cientos de días caminando bien podían haberme tornado a una especie de monstruo. Así que eso hacía, llorar y añorar unas cuchillas con las que presentarme en esa casa como lo que sigo siendo aun, despues de tanto tiempo... Un ser humano.

Avancé hacia la casa. No sabía qué encontraría allí. Asesinos. Otra familia. Un hibrido humanobestia hambriento de sal y sediento. Mientras se me pasaban estas idéas por la cabeza sentí un beso en la frente, oí "buenos días, amor", la casa descubierta y el sueño se disiparon, y vi a mi mujer despertarme dulcemente, como cada día.


Capítulo 8 

Os voy a hablar del tiempo. No del tiempo como vosotros lo conocéis de veinticuatro horas al día y así y etcétera. Si no del tiempo como se concibe aquí. No como un bicho que camina y camina, como dice uno de los pocos libros que conservo en casa, última biblioteca de la humanidad. Si no como un monstruo que se devora a sí mismo, que se come los días y las noches como si fueran uno, que se come mis ilusiones, mis esperanzas y mis anhelos. 
Aquí si haces un puzzle de mil piezas no ha pasado ni un día cuando lo has terminado. Si. El sol se ha ocultado y ha salido varias veces. Pero eso no es ni un día. Eso aquí es un suspiro. Ha pasado un segundo aquí cuando para uno de vosotros, seres lejanos para quien escribo, pasados o futuros, seguramente hayan pasado días enteros. Aunque he de reconocerle al tiempo cierto poder de mutación. Y hay días que muta. Y hay días que ocurre exactamente lo contrario porque ha mutado. Y ya no es un bicho lento como dice el libro, si no un caracol. Esos días los aprovecho para abrazar a mi esposa o leerle a Iván los últimos poemas que he escrito. Los aprovecho para mirar por la ventana al infinito o para tomar un café releyendo el libro aquel que habla del tiempo como un bicho. 

Como podréis acertar a pensar, aquí el tiempo es una bestia dulce. Igual te pega la sacudida que te mece. Aquí eres para el tiempo como para ti sería un grano del poso de un café. Estás a su merced y no te valdrán relojes, calendarios, frases hechas, rayas en la pared, libro de planes, ya lo he intentado todo y no consigo domar al tiempo. Imaginad una pulga domando al domesticador. Así sería. Pero la realidad de la pulga siempre fue otra, y su destino siempre será otro. 
Ser pequeña en el mundo y en el tiempo.

Desierto rojo.


Capítulo 5

Fue desolador. Primero oímos las explosiones. Estábamos en el búnker de la casa cuando sonó la primera. Medio mundo estaba avisado de que el otro medio atacaría, por eso no nos pilló por sorpresa a mi mujer y a mi. Así empezó todo, como así siempre empieza todo lo que acaba con la vida. Con amenazas primero y explosiones después. Cuando oímos la primera nos abrazamos fuerte y lloramos. No nos abrazábamos por miedo, no llorábamos de terror. Nos abrazamos por nuestros seres queridos. Los suyos. Los míos. Los nuestros. Y llorábamos. Llorábamos por Iván, que no conocería el mundo nuestro, el mundo para el que lo habíamos concebido, si, a sabiendas de que ésto podía ocurrir, un mundo de zapatillas de andar por casa, domingo lluvioso de nostalgias, noches de parques descubriendo el amor, y si, también mundo de envidias y desidias, de Lupus est homo homini, non homo, de niños que se tiran terrones de arena... Al fin y al cabo un mundo perfecto, perfecto para ser cambiado, para ser vivido mientras es cambiado.

Desolador...
Después un gran silencio. Ya os he hablado de éste. El silencio ruidoso, atronador, campanadas a muertos, y después el fuego. La primera vez que salí del bunker, antes de acabada la cuarentena, el cielo y la tierra eran rojos, el rojo intenso que mis ojos veían a duras penas era las cenizas de la naturaleza, que había ardido durante meses y ahora se esparcía. Casi no podía respirar. Volví al bunker. Mi mujer estaba a punto de traer al mundo a Iván. 
Me dediqué a ellos los siguientes días. Nunca jamás volví a pensar en poner en peligro mi vida, en saltarme la cuarentena. Puede que no fuera a tener zapatillas de casa y domingos lluviosos, pero no podía negarle un padre. Su protección, su consejo, su amor.


Capítulo 6

Mi mujer. Segunda maravilla del mundo (si, a eso jugamos, a nombrar las nuevas siete maravillas). Mi niño, primera maravilla. Y yo. Maravilla obligada (no creo ser digno de tal adjetivo). Si de mí dependiera, mi mujer y mi niño seguirían siendo la primera y la segunda maravilla, pero no sería yo la tercera. La tercera sería mi casa indestructible. La cuarta el momento en que el sol va a desaparecer. La quinta el momento justo después de que desaparezca. La sexta los abrazos que nos unen a los tres en las frías noches, y la séptima el amor que nos une y nos mantiene felices los días de calor asfixiante. Pero al no jugar yo sólo tengo que conformarme con ser la tercera maravilla, pues así lo quieren Iván y mi mujer. La cuarta es un osito de peluche. La quinta un cuadro de Klimt. La sexta el observatorio del solarium. La séptima la increible lluvia de colores que cae de tanto en cuando. Así lo han decidido ellos y yo con mi silencio los apoyo hipócrita. 

Mi mujer, segunda maravilla del mundo, ayer me invitó a reflexionar. ¿Y si mi casa no es la única casa indestructible?. ¿Y si hay otro Iván creciendo y jugando en cualquier parte del mundo?. Y de así ser... ¿Y si no está tan lejos la otra casa?. Ella lo dijo, tan tranquilamente, y yo después, antes de irnos a dormir, antes de cerrar los ojos otra noche más sintiendo que estamos solos en el mundo, que no hay más casa indestructible que la mía, ni más familia feliz, ni más maravillas que las que todos decidimos o yo callo, me preparé para un sueño atroz. Os lo describiré otro día. Ahora estoy cansado de escribir y pensar.


воскресенье, 28 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 3

Hoy me he sentado sobre una piedra.
No he hecho otra cosa en todo el día, me he sentado sobre la piedra y he observado el horizonte, llamadme lagarto, el sol ha hecho mella en mi, llamadme desidia, la he sufrido durante muchas horas, llamadme como queráis, no se que haríais vosotros en mi situación. Una vida entera expuestos a una inmensa muerte que te acecha cada vez que levantas los ojos del suelo, que te rodea por todos lados, con su silencio atronador que suena tanto a la muerte de todas las cosas. Un sonido rojo y extenso, que cuando más silencio hay más grita y vibra.

He observado el comportamiento del sol. Nada extraño. Ha salido, como todos los días, inmenso. Titánico. Y ha empezado a escupir su fuego sobre la llanura, como todos los días, recordando que ahí está, Dios primero del mundo y único Dios superviviente de la tragedia que llevó a la humanidad (a mi y a mi familia) a la total extinción, única santa trinidad,  fuego y sed y muerte, Dios sol. 
Al mediodía la luz, casi dañina, era dueña de todo. Apenas distinguía mi casa, que estaba a pocos metros de donde yo estaba sentado, el sol me cegaba tanto que si levantaba un poco mi vista al horizonte todo lo que veía más allá era una fluctuación negra y viscosa en movimiento de áspid.
A la tarde el sol se relajó. Vi el viento mover la arena y los cadáveres de los árboles. Vi con mis ojos algo que no había visto nunca antes, puesto que antes nunca me había fijado. No estábamos solos mi familia y yo en el mundo. Estábamos todos. Toda la humanidad estaba ahí, flotando en el aire, sus partículas entraban por mi nariz al respirar, estábamos en el mundo mi casa, mi familia, yo y las cenizas.


Capítulo 4

No basta para ser feliz sólo tener una familia y un mundo lleno de cenizas. Esto lo he descubierto hoy arremolinado en los brazos de mi mujer. Antes, cuando todo iba bien, me levantaba para ir a trabajar, la besaba en la frente, besaba el vientre donde crecía mi hijo, me acercaba al espejo, me besaba el reflejo, y buenos días y a la calle, y al trabajo, y a las horas me venía un sabor a mi familia a los labios y daba gracias a la naturaleza por habérmela brindado, pensaba que era lo único que necesitaba para ser feliz. A mi familia. Hoy estamos sólos ellos, la casa, el mundo rojo y yo. Y puedo decir que hacen falta más cosas para ser feliz. Hacen falta reuniones con amigos poetas para hablar de lo dentro que nos llegaron las flores del mal, hacen falta domingos viendo los dibujos animados del momento mientras la leche (fresca) va emergiendo entre los cereales. Hacen falta partidas de Scrable, películas nuevas que ver en el cine, hacen falta los parques que acaban en fuente, los buenos días del pan, los amores de autobús. Hacen falta los timbres de las escuelas y las campanas de las iglesias, el murmullo de las gentes por las calles del pueblo, hace falta la vida. La vida, para que la felicidad fuera absoluta.

Aun así es felicidad, el vientre de mi amor no me lo dieron tardes ajetreadas, ni citas en tertulias, el vientre de mi amor vino al tiempo que mi amor, que vino sin adornos, ni prisas, ni humanidades fingidas, sólo su cuerpo, portador de la mente que más amo y me acompaña ahora en la intimidad absoluta y sufre, como yo la soledad.

Gracias por esa parte a este dignificado holocausto. Por otra parte, si, maldito sea.

суббота, 27 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


CAPITULO 1

Delante, hasta donde alcanzan mis ojos a ver, rojo y ceniza es la tierra, páramo de un paisaje ya cadáver, detrás la casa en pie. Detrás de ésta el mundo. Rojo calizo, yerto, muerto, inerte.

Alrededor: La inmensa nada. Tierra roja que se extiende hacia todos los horizontes 
donde antes estuvo tu casa. el parque, la tienda de electrodomésticos y la panadería
los jardines, las escuelas, la librería de compra venta y el anticuario del hombre rácano,
la casa de citas, la casa de Ramón, de Elena, de tus seres queridos y los míos.
Y, más allá, donde estaban nueva york, bombay, tel aviv, groenlandia, ocurre igual.
Todo, un desierto inerme.  Arena, roca y fuego. 

Se podría decir que el corazón de este desierto es mi casa. 
No me arriesgo a aventurar que haya algún ser humano aún con vida por el mundo
pero si puedo certificar que soy el único que posee una casa indestructible, y conservas en lata,
comida, bebida, medicinas, plantas, armas (ay, nunca se sabe, no, nunca se sabe), entretenimientos,
una mujer hermosa, un niño loco que sonríe y juega y salta, un mundo completamente desolado y rojo
sólo para nosotros.

Dentro, mi mujer calienta el té. Fuera no sabemos si hay nadie. Dentro mi niño juega a la videoconsola o lee.
Fuera no sabemos si hay vida. Dentro yo me arremolino por las noches al vientre de mi amor.
Fuera el amor es polvo sobre piedras rojas, rayos ultrasolares arañando el mundo, violencia
de fuego. Dentro tenemos libros, videos, un piano, tres nombres, somos libres, somos uno.
Somos uno.


CAPITULO 2

Casi nunca me he aventurado a caminar hacia el infinito. Una vez. La primera fue después de la cuarentena,
establecida al azar con el criterio más cauto que tuve a bien aprovechar. Os podría definir todo con una palabra.
Pánico.
Pero os detallaré: Aproveché un día que a saber dónde se había escondido el sol y caminé hacia el infinito.
Con unas provisiones, un buen libro, una linterna y un saco de dormir para las noches (las noches ahora son un monstruo). La brújula me indicaba dónde estaba el sur  pero yo ya había perdido el norte. Justo desde cuando dejé de ver mi casa. Imaginad el pánico, tras caminar tres días, descubrir que el paisaje no cambia. Rayos ultrasolares deformando rocas, ríos secos, cadáveres de bosques, lagos, pueblos. Cadáveres azules y purpúreos por la tarde, amarillos y rojos por la mañana. Negros y fríos por la noche.
La sensación más parecida al terror que he sentido en toda mi vida. 

A los cuatro días había regresado a casa, le conté a mi mujer la situación. Lloramos. Yo me bebí sus lágrimas, ella me agradeció acariciando mi pelo. En cierto modo y casi sin palabras comprendíamos que estábamos sólos en el mundo. Que sólo nuestra casa indestructible ahora existía. Y menos mal por ella que teníamos a Iván. Pequeño niño dulce. Soñador de pasados posibles y remotos futuros. Nuestro hijo.