Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.
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пятница, 14 января 2011 г.

My howl.

III

Aaah vosotros, que disfrutáis viendo al principio cómo se cercena la cabeza del condenado
pero os repugna cuando la veis en el suelo a vuestro lado borboteando sangre, ni soportáis los ojos
que os miran, detrás de la máscara del verdugo. Que al principio de la función aplaudís porque es
correcto, educado. Pero cuando debéis aplaudir dejáis las manos sobre las rodillas apoyadas, y
os quejáis, os dormís, os aburrís. Si... Aaaah vosotros, los Vosotros, que tanto y tan bien vivís
lo que llamáis vida, y vais, lo dije antes, por las calles taciturnos o acongojados, o lo que es peor,
saltando de alegría. Oh vida enjuta la vuestra. Que no habéis lamido el brazo de un señor desco-
nocido en un lavabo. Vida pequeña apretada en el traje y el buenos días nubre gris sobre mi cabeza
siempre en la boca al amanecer. Venís, miráis, y decidís, por unos cómputos de ideales, dogmas,
envenenadas palabras, sentimiento de angustia por lo ajeno, lo peculiar, lo único. Vosotros, que creíais
poder perturbar el espacio y el tiempo, todos, del primero al último y no olvidando a nadie, todos sois sombras.

Me gusta ser yo mismo porque brillo y voy hiriendo con mi brillo. Apenas comencé a descubrir que mi oscuridad tenía un reverso decidí voltearme, y ahí que brillo, porque soy luz. Vosotros sois iguales.
Tristeza me provoca saber que no lo sabéis. Vuestro lado B está callado, simplemente eso. Qué desatino
venir a donde uno brilla a provocar oscuridad. Pero no. No puede ser. No pudo ser. Diría Mario
"corazón coraza" y si... Eso, eso.

Quiero provocar una centella en cada uno de vuestros corazones apagados e invitaros a la gran bacanal de la vida, quiero instalar en contra de vuestro tiempo y vuestro espacio, un nuevo espacio, un nuevo tiempo mutable, ah si.. la metamorfosis del tiempo a mariposa y vuelta a las flores. No, no. No se si estáis preparados.
Quiero esculpir en vuestras mentes la palabra amor,
Quiero vaciar todo lo sucio del pozo oscuro y profundo que sois y somos y puede que seamos, seremos toda la vida.
Quiero ver nacer a cada uno de vosotros.
Pero no, no.

четверг, 6 января 2011 г.

Ese punto es Orión. El fin de la soledad.

I

Allí te espero.
Quizá no te has dado cuenta porque las grandes ciudades no poseen la capacidad de envolverte del manto de estrellas pero, desde que nos separamos, por las noches Orión vigila nuestra historia, flecha en mano, preparada a disparar por si se acerca el olvido, la cotidianeidad, la indiferencia. Orión reina nuestra leve ruptura, bueno, ruptura no, alejamiento, porque no se puede romper una montaña, tan sólo desprendérsele unas piedras. poca cosa. Orión, con su cinturón y su arco reinando las noches de nuestra soledad forzada. Esa que tu conoces tan bien como yo. Por eso veo Orión como esa señal brillante que señala la soledad en tu poema. Porque allí nos encontraremos. Se acabará tu soledad. Mi soledad. La soledad.

II

Tu, tan pequeñita en el mundo, granito minúsculo de arena para la galaxia, poca cosa (diría un agujero negro), casi nada (diría un planeta), minucia (diría una galaxia). Tú, tan así para ellos y para mí tan de otro modo. Tú has conquistado la protección de Orión. Tu, así, poca cosa, casi nada, minucia, mariposica, cosita chiquitita, rabito de nube.




III


Cerca de Orión brilla Sirio, Sirius, como la quieras llamar, brilla cerca alumbrando quizá una ruta. Como un poco una trampa. Una vía de escape. Es a Sirio, o Sirius, como la quieras llamar, mariposilla de Redón donde debes dirigir primero tus pasos. Esta estrella fue una vez una supernova. Vivió su explosión (cuando así Dios lo quiso, en tiempos de las primeras rotaciones) hace tanto o tan poco tiempo que es casi un niño (si miramos lo que TIEMPO quiere decir para la ciencia). Pero ese niño se ha fijado en nosotros. Ese niño, no otro, entre tanto Titan inalcanzable, no otro entre todos los astros, el niño más brillante se ha fijado en nosotros, el niño luciérnaga. Cual faro nos alumbra el camino a Orión. Destrozo de la soledad infame. Cual luna para el lobo de la estepa. Cual oasis al sediento en el desierto. Sirio, niño gigante, nos guía y ha de salvarnos.

IV y conclusión sin freno

Ya te digo, estás lejos, que pronto. Tú dices tarde. Yo pronto. Y digo pronto y lo envuelvo y lo regalo a la Diosa para que sea pronto y no tarde. Tu dices tarde y yo te suelto poemas sobre Sirio y refranes populares. Yo digo pronto y soy capaz de grabármelo en la frente eternamente para demostrarte mi intención. Tu dices tarde. Ya se verá quién gana la batalla.
Yo digo pronto y pavo real, tu dices tarde y yo te comprendo, mas vuelvo al pronto y me vuelvo a emprontar y tú te entardas y he ahí el misterio. Estamos en las mismas de siempre. El tiempo se pronuncia sobre el tiempo. Se autoproclama eterno o pasajero. Yo emprontado y tu entardado. Podría decirse que vamos a destiempo. Y es que vamos a destiempo. De hecho vamos a por el destiempo, el atiempo, el notiempo, el intiempo. Este invierno van a florecer las bocas. Vamos a traducir colores indescifrables para el ser humano, (ese que flota a nuestro alrededor sin vida). Y cuando pase, te juro por Orión, que vamos a violar con rabiamor a la primavera. No vamos a dejar ni un pétalo en las flores. Y vamos a ir juntos a comerlos. Como una gran familia.

суббота, 1 января 2011 г.

My howl.

II

No me intuís cual soy. Creéis lo que habéis visto y es por eso. No sabéis del laberinto. No sabéis del jardín secreto. No intuís cuantas mariposas nacen en mi pecho cada día ni cuanto pájaro muerto me han dejado en las manos, como al pobre de Gamoneda. Me llamáis a vivir una vida cuya cuadriculada milimétricamente existencia me espanta. Sólo la idea de pertenecer mínimamente a eso, como lo hago, me turba. Yo sin embargo os veo felices como flores de primavera. Váis. No, la calle no pasa por vosotros. Váis, vosotros, por la calle, pecho henchido, cartera a color con los billetes y las idéas, pensando en vuestro pronto matrimonio con la persona perfecta. O adecuada. Qué demonios. O la que os dé un poco de cariño. Henchidos como palomos en celo. Y vosotras, me recordáis a veces a jacas. No todas, no quiero ofender. Sólo algunas. Especialmente con botas altas y cinturón marrón a juego. Cadera de mula. Dios. Cuánto me recordáis a Jacas. En el andar, en el sonido de los tacones o la postura de espera, en el rondar a los pollinos y a los caballos, preferiblemente de pura sangre, o preferiblemente bellos de algún modo. Y también vosotras, cartera a juego con los billetes, trotáis como yegüas en la cuadra. Buscando al mejor postor. No es por criticar, también hay otro mundo cerca de mí. Esto de lo que os hablo es sólo un bocado escupido de una manzana que no me gustó morder. También hay otros mundos, bellos, mundos como pompas de Jabón, simpáticos y gentiles, sutiles, Machado por medio. Mundos de mariposas que vuelan de una flor a otra. Mundos de lotos. De serpientes. De pájaros. Grace. Moving mandalas. (Hay muchos mundos dentro de ese mundo, pero no os hablaba de eso ahora, os hablaba de mí, y supongo que por eso os he hablado de esto).
Volviendo al tema. Al mí, al yo, al ego.
Eso que veis tan torpe por la vida.
Eso que veis hacer cortes de manga.
Decir palabras obscenas sin remilgo.
Alarde de su falta de vergüenza.
Eso que criticáis por esto o por aquello.
Que no os completa, que lo véis vacío...
Eso está lleno.
Es un pájaro gordo que emite poesía.
Un pollo picamierda (mi madre lo diría).
Un ave cuyas alas son más aves y así en fractal.
No el mundo que intuís todo de sombras
ni el mundo que pensáis con mucha luz.
Un mundo aparte.

Por eso voy chocando con todo y todos. Por eso aullo aquí y ahora que saldré vencedor.
Oh sociedad, tú, sosa. Pastelosa. Llena de buenos motivos tras los que se esconden malvadas acciones. Religiones amables que esconden las garras y los dientes. Sociedad de anuncio navideño. Toda perfecta. Tu, la tan feliz, la todo va bien. Protégeme de ti y de tus caminos.

Me declaro en guerra desde ahora contra todos vuestros mundos.
El mío triunfará. Y olerá a...

понедельник, 27 декабря 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

Fauno, de Arnold Böcklin
"El fauno Juan Amapola se enfrentó al despertar esa mañana como se despiertan las cosas, en una milésima de segundo, el rito después se extiende, pero es en esa milésima cuando ocurre que ese día van a ocurrir las cosas que van a ocurrir irremediablemente porque has despertado en esa milésima de segundo, no tres segundos arriba o cuatro abajo. En esa. Qué diferente imagino que habría sido todo tres segundos abajo o cuatro arriba. Pero se despertó en esa milésima fatal para el destino del Río y el bosque. Se aseó las patas con un chorro de un manantial cercano al Río, se limó las pezuñas con una piedra que no paraba de quejarse gruñendo, y salió a la vida, dispuesto quién sabe a qué, pues desde que comenzó a soñar con otros mundos no es el mismo Juan, suave y dulce, faunito inocente de ciento y pocos años... Era otro. Llamémosle Señor Amapola.

El Señor Amapola pasó cerca del Río, hablaba con los pájaros, los árboles, las cosas, y todas le decían que fuera a ver al Río. El Señor Amapola continuó su camino ignorando la corriente. El Río fluía casi contra su voluntad. El Señor Amapola se detuvo a hablar con el Olmo. El río fluía deseando estancarse. Se crecía entre sus piedras, que cada vez eran más impertinentes y le dolían más. El Olmo le dijo al fauno que no, y el fauno le dijo al Olmo que sí. Los dos tenían razón. El rumor de las piedras extendió la idea de que el Río un día se iba a estancar de pleno terror.  Los peces lo habían comentado ya con las ranas, y las ranas no se lo discutieron porque sabían que los peces, al menos las carpas, al menos las de este bosque, no solían hablar en vano, ni murmullar rumores falsos. Las carpas, según la forma que el Río las acariciaba, intuían que pronto sería un día fatídico. Que todo peligraría. Que inevitablemente o sin remedio el desamor mordería el nucleo vital del bosque, que se bebería la energía del Río y sus ganas de ser.

El Señor Amapola se encaminó a los límites del bosque.
El Río iba cediendo su cadencia.
El Señor Amapola puso un pié tras la linea imaginaria y luego el otro.
Entró en el nuevo mundo.
El Río perdió la mayúscula, convirtiéndose en río... Y se paró en seco..."

вторник, 21 декабря 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

"...el río se había callado. Juan se había callado. El bosque se había callado. La luna se había callado, las estrellas. Se habían callado las arañas, las telas no vibraban para no emitir ni el más microscópico sonido, los pasos de los animales sonaban sordos, el sol salía y se escondía sin hacer ruido, los peces remontaban mudos
el silencioso río en dirección a la afónica montaña, taciturnas las bacantes bailaban con tontos faunos en un casi susurrado mutismo, con qué sigilo callaban los olmos y las piedras. Qué afásicamente abrían los picos los pájaros. Esto pasó en el bosque los días del ruidoso vórtice, días que nadie sabía cuando iban a acabar, ni qué consecuencias iban a tener sobre el bosque, que tanto habló siempre y que ahora, vestido de mudez, ni respira..."

суббота, 11 декабря 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 11

Hoy no tenía que ser un día especial. Me he despertado, como casi cada día, arremolinado en el vientre de mi amor. He caminado torpemente al baño. Me he aseado. Cuando he abierto los ojos ahí estaba ella, mirándome con ojos de gato, hemos hecho el amor, nos hemos abrazado bajo la lluvia caliente. Nos hemos vestido y hemos caminado juntos hasta el salón. Iván nos esperaba jugando a la consola, como tantas otras mañanas. Hoy no debía ser un día especial, pero al mirar los ojos de Iván, sobre su nariz sobre su sonrisa feliz de matar monstruos, he descubierto una pena inmensa de inmensa soledad. No he dicho nada al respecto, como hoy no debía ser un día especial he ignorado esta imagen y he mirado a mi mujer para besarla, mi error: abrir los ojos. He visto sobre su beso su naricita debajo de sus ojos cerrados, y he visto en sus labios una soledad inmensa, de inmensa pena.

Hoy no debía ser un día especial, pero lo es. Porque una inmensa sensación de soledad me ha atrapado para el resto del día. No he dicho nada a mi mujer. No he dicho a mi mujer lo que he visto cuando horrorizado he visto en el espejo, en mi propia boca, en mis propios ojos, toneladas de soledad acumulada. He cogido la cámara. El trípode. Y he decidido salir a fotografiar la soledad.

Primero Iván, que ya no está jugando a la consola porque está persiguiendo cucarachas. Le he dicho: mírame. Y he fotografiado sus ojos llenos de soledad. Luego mi mujer, que estaba en el salón leyendo a Julio, le he dicho: a ver, amor. Y he fotografiado sus labios repletos de soledad. He salido al desierto. Mi casa indestructible se alzaba sobre los restos del mundo, la he fotografiado con toda su soledad. He dado la vuelta a la cámara y me he fotografiado a mi con mi desierto. He echado a caminar y he fotografiado piedras, extensiones vacías, cucarachas, he escrito algún poema en mi Moleskine, sobre la soledad.
Sentado en una piedra he llorado y le he hablado al desierto:
Desierto rojo, la soledad es tu fruto.

Tras esto he vuelto a casa. Ya vencido este día.


Capítulo 12

Mi mujer llora. Iván llora. Yo estoy llorando. Los tres estamos aceptando mi pronta partida. Los tres estamos de acuerdo, aun poniendo en riesgo nuestro pequeño paraiso familiar, en que va siendo hora de un viaje, una búsqueda. Que ya va siendo hora de cumplir el sueño atroz que tuve. ¿Buscar más vida? ¿No me bastan mi mujer y mi hijo? ¿No me basta mi vasto mundo rojo? ¿Las cucarachas? No. No me bastan. Ayer sufrimos tanta soledad que sentí que íbamos a un paredón de fusilamiento. Tanta que pensé que era hora de arriesgarlo todo, de apostar a ganar. De encontrar a más gente. De explorar nuestro mundo. Así se lo conté a mi mujer, y así, llorando, ella me respondió que me entendía, que también había visto nuestros cuerpos arrasados a tiros en la pared de nuestra casa indestructible. Así se lo contamos a Iván, y así llorando, el apoyó la idea. 
Ya lo dije hace mucho. Hace falta mucho más que una familia y un mundo destruido para ser feliz.

La conclusión: preparativos. Mochila enorme, botellas de agua, latas de conserva. Besos, brazos que se pierden mientras yo me alejo. La conclusión: el viaje. A ver a dónde llego. A ver si llego vivo. 





четверг, 2 декабря 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 9

Esta noche ha hecho un frío especial. He soñado que el apocalipsis ocurrió de otra manera. O quizás he soñado en este mundo rojo que me ha tocado vivir, pero trasladado a un tiempo futuro. Al fin y al cabo he soñado un desierto azul, y no me cansaré de usar esta palabra: Desolador.
Y yo no tenía casa, vivía en cuevas. Y no tenía familia, hacía frío. Y no era el único ser vivo, había monstruos. Monstruos de hielo, Moby Dicks por tres. Monstruos enormes. Y había más seres vivos, y morían. Comidos por los Mobydicks o helados, morían llorando de terror o pena. Y yo anhelaba mi desierto rojo. No quería rendirme del todo al sueño. No quería aceptar que estaba atrapado en un mundo a modo de bloque de hielo. Aceptar que estaba sólo, que mi mujer había muerto congelada, que Iván murió de frío en su vientre.
Así que desperté, yo soy así, decido lo que sueño de hace tiempo, he aprendido a soñar con tanto tiempo libre, y bien, miré a los ojos de mi amor, cerrados, y quise imaginarla soñando que sonríe, que lleva a Iván al cole, que hacemos las tareas por la tarde, el amor mientras duerme, y que por las mañanas al trabajo. Me gusta imaginar que sueña dulcemente. 
Para quitarme el frío que me ha dejado el sueño la he abrazado. Y ella se ha despertado. Ha sonreído.
Yo le he contado el sueño y dice, como acostumbra ella a decirme siempre, que no delire. Que este es nuestro mundo, un mundo rojo para siempre eterno. Sin monstruos más que la enorme soledad y el fuego. Que el mundo que soñaba no es posible. Y no se si es verdad lo que me dice, pero acostumbro a escucharla y a confiar en ella sobre todas las cosas y, tan acostumbrado estoy, que sus palabras me hacen entrar en calor y olvidar los malos sueños cuando acechan.


Capítulo 10

De no sé dónde. Mi mujer está histérica. Iván alucinando. ¡Cucarachas! Han empezado a salir no sé de dónde, después de tantos meses, y están por todos lados. No sé que significa para mi mujer esto, ella es tan sorpresiva para todo, igual está por dentro maldiciendo. Iván ya tiene un juego nuevo, mi niño ha proclamado  en alto que va a hacerse cazador, explorador y domador de éstas. 

Para mí las cucarachas son un signo. Una señal. Una advertencia muda. Una metáfora. Una ilusión. De nuevo creo en la vida. He de sumar al mundo que habitamos un dato más: estos pequeños monstuos. 
Me siento acompañado por su silencio, su caminar cabizbajo y con antenas me recuerda horrorosamente al ser humano, a mis amigos de la capital, a mi, corriendo con destino o sin destino, pero siempre corriendo por la vida. Huyendo o persiguiendo, yo no se. Con las antenas puestas por si acaso. Pero arrastrándonos, como íbamos, por el suelo. 

A veces cruje una bajo los pies del niño. Entonces cuando nadie mira yo la entierro. Si, mis semejantes han vuelto, van a reinar la tierra de nuevo. Y todos se merecen un digno funeral cuando se mueren. Salgo a la parte trasera de la casa, escarbo en el suelo ardiente, leo algún poema, homenaje a la vida, o pensamiento escrito, y la despido como se merece. Quizá, de las tres personas que habitamos el mundo, sea yo el único que se ha dado cuenta de lo importante que es este resurgimiento de tanto Samsa. Por eso soy tan tímido al respecto y mi mujer o Iván jamás sabrán que lloro en los entierros.

вторник, 30 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 7

Lo contaré como si hubiera pasado, porque pasó ya que fue soñado. Cadáveres. Días y días (ya os hablaré del tiempo aquí, se mide en días) pisando cadáveres.  No seis días, ni doce. Ni cien siquiera. Años quizá, caminando sobre cadáveres. Cadáveres de bosques, de pueblos, de ciudades, de autos ya no tan móviles, de personas. No es difícil imaginárselo. Ya os he hablado mucho del mundo en que vivo así que imaginad el mundo en el que sueño. Barba de cientos de días. Pies destrozados, abrasados. Piel negra como la tizne. Cientos de días añorando a mi familia, soñando cada noche con qué será de nuestra cómoda vida en nuestro conocido páramo sin mi, y de repente, el pensamiento es interrumpido por una columna enorme de humo. Humo, humooo, hummmm, hummmmanidad. Humo, de humanidad. Y una casa si trazas una linea hacia el origen del humo. ¡Personas!. ¡Si!. Necesité un sueño donde sufrír lo que no me atrevo a sufrir en la vida para encontrar un rastro de vida en este desierto rojo.

Ahí estaba yo, parado. Llorando. Alegre. Asustado. Lo veréis una estupidez pero sólo pensaba en afeitarme. Tanto tiempo sin tratar con un ser humano bien podían haberme convertido en una mala bestia, cientos de días caminando bien podían haberme tornado a una especie de monstruo. Así que eso hacía, llorar y añorar unas cuchillas con las que presentarme en esa casa como lo que sigo siendo aun, despues de tanto tiempo... Un ser humano.

Avancé hacia la casa. No sabía qué encontraría allí. Asesinos. Otra familia. Un hibrido humanobestia hambriento de sal y sediento. Mientras se me pasaban estas idéas por la cabeza sentí un beso en la frente, oí "buenos días, amor", la casa descubierta y el sueño se disiparon, y vi a mi mujer despertarme dulcemente, como cada día.


Capítulo 8 

Os voy a hablar del tiempo. No del tiempo como vosotros lo conocéis de veinticuatro horas al día y así y etcétera. Si no del tiempo como se concibe aquí. No como un bicho que camina y camina, como dice uno de los pocos libros que conservo en casa, última biblioteca de la humanidad. Si no como un monstruo que se devora a sí mismo, que se come los días y las noches como si fueran uno, que se come mis ilusiones, mis esperanzas y mis anhelos. 
Aquí si haces un puzzle de mil piezas no ha pasado ni un día cuando lo has terminado. Si. El sol se ha ocultado y ha salido varias veces. Pero eso no es ni un día. Eso aquí es un suspiro. Ha pasado un segundo aquí cuando para uno de vosotros, seres lejanos para quien escribo, pasados o futuros, seguramente hayan pasado días enteros. Aunque he de reconocerle al tiempo cierto poder de mutación. Y hay días que muta. Y hay días que ocurre exactamente lo contrario porque ha mutado. Y ya no es un bicho lento como dice el libro, si no un caracol. Esos días los aprovecho para abrazar a mi esposa o leerle a Iván los últimos poemas que he escrito. Los aprovecho para mirar por la ventana al infinito o para tomar un café releyendo el libro aquel que habla del tiempo como un bicho. 

Como podréis acertar a pensar, aquí el tiempo es una bestia dulce. Igual te pega la sacudida que te mece. Aquí eres para el tiempo como para ti sería un grano del poso de un café. Estás a su merced y no te valdrán relojes, calendarios, frases hechas, rayas en la pared, libro de planes, ya lo he intentado todo y no consigo domar al tiempo. Imaginad una pulga domando al domesticador. Así sería. Pero la realidad de la pulga siempre fue otra, y su destino siempre será otro. 
Ser pequeña en el mundo y en el tiempo.

Desierto rojo.


Capítulo 5

Fue desolador. Primero oímos las explosiones. Estábamos en el búnker de la casa cuando sonó la primera. Medio mundo estaba avisado de que el otro medio atacaría, por eso no nos pilló por sorpresa a mi mujer y a mi. Así empezó todo, como así siempre empieza todo lo que acaba con la vida. Con amenazas primero y explosiones después. Cuando oímos la primera nos abrazamos fuerte y lloramos. No nos abrazábamos por miedo, no llorábamos de terror. Nos abrazamos por nuestros seres queridos. Los suyos. Los míos. Los nuestros. Y llorábamos. Llorábamos por Iván, que no conocería el mundo nuestro, el mundo para el que lo habíamos concebido, si, a sabiendas de que ésto podía ocurrir, un mundo de zapatillas de andar por casa, domingo lluvioso de nostalgias, noches de parques descubriendo el amor, y si, también mundo de envidias y desidias, de Lupus est homo homini, non homo, de niños que se tiran terrones de arena... Al fin y al cabo un mundo perfecto, perfecto para ser cambiado, para ser vivido mientras es cambiado.

Desolador...
Después un gran silencio. Ya os he hablado de éste. El silencio ruidoso, atronador, campanadas a muertos, y después el fuego. La primera vez que salí del bunker, antes de acabada la cuarentena, el cielo y la tierra eran rojos, el rojo intenso que mis ojos veían a duras penas era las cenizas de la naturaleza, que había ardido durante meses y ahora se esparcía. Casi no podía respirar. Volví al bunker. Mi mujer estaba a punto de traer al mundo a Iván. 
Me dediqué a ellos los siguientes días. Nunca jamás volví a pensar en poner en peligro mi vida, en saltarme la cuarentena. Puede que no fuera a tener zapatillas de casa y domingos lluviosos, pero no podía negarle un padre. Su protección, su consejo, su amor.


Capítulo 6

Mi mujer. Segunda maravilla del mundo (si, a eso jugamos, a nombrar las nuevas siete maravillas). Mi niño, primera maravilla. Y yo. Maravilla obligada (no creo ser digno de tal adjetivo). Si de mí dependiera, mi mujer y mi niño seguirían siendo la primera y la segunda maravilla, pero no sería yo la tercera. La tercera sería mi casa indestructible. La cuarta el momento en que el sol va a desaparecer. La quinta el momento justo después de que desaparezca. La sexta los abrazos que nos unen a los tres en las frías noches, y la séptima el amor que nos une y nos mantiene felices los días de calor asfixiante. Pero al no jugar yo sólo tengo que conformarme con ser la tercera maravilla, pues así lo quieren Iván y mi mujer. La cuarta es un osito de peluche. La quinta un cuadro de Klimt. La sexta el observatorio del solarium. La séptima la increible lluvia de colores que cae de tanto en cuando. Así lo han decidido ellos y yo con mi silencio los apoyo hipócrita. 

Mi mujer, segunda maravilla del mundo, ayer me invitó a reflexionar. ¿Y si mi casa no es la única casa indestructible?. ¿Y si hay otro Iván creciendo y jugando en cualquier parte del mundo?. Y de así ser... ¿Y si no está tan lejos la otra casa?. Ella lo dijo, tan tranquilamente, y yo después, antes de irnos a dormir, antes de cerrar los ojos otra noche más sintiendo que estamos solos en el mundo, que no hay más casa indestructible que la mía, ni más familia feliz, ni más maravillas que las que todos decidimos o yo callo, me preparé para un sueño atroz. Os lo describiré otro día. Ahora estoy cansado de escribir y pensar.


воскресенье, 28 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 3

Hoy me he sentado sobre una piedra.
No he hecho otra cosa en todo el día, me he sentado sobre la piedra y he observado el horizonte, llamadme lagarto, el sol ha hecho mella en mi, llamadme desidia, la he sufrido durante muchas horas, llamadme como queráis, no se que haríais vosotros en mi situación. Una vida entera expuestos a una inmensa muerte que te acecha cada vez que levantas los ojos del suelo, que te rodea por todos lados, con su silencio atronador que suena tanto a la muerte de todas las cosas. Un sonido rojo y extenso, que cuando más silencio hay más grita y vibra.

He observado el comportamiento del sol. Nada extraño. Ha salido, como todos los días, inmenso. Titánico. Y ha empezado a escupir su fuego sobre la llanura, como todos los días, recordando que ahí está, Dios primero del mundo y único Dios superviviente de la tragedia que llevó a la humanidad (a mi y a mi familia) a la total extinción, única santa trinidad,  fuego y sed y muerte, Dios sol. 
Al mediodía la luz, casi dañina, era dueña de todo. Apenas distinguía mi casa, que estaba a pocos metros de donde yo estaba sentado, el sol me cegaba tanto que si levantaba un poco mi vista al horizonte todo lo que veía más allá era una fluctuación negra y viscosa en movimiento de áspid.
A la tarde el sol se relajó. Vi el viento mover la arena y los cadáveres de los árboles. Vi con mis ojos algo que no había visto nunca antes, puesto que antes nunca me había fijado. No estábamos solos mi familia y yo en el mundo. Estábamos todos. Toda la humanidad estaba ahí, flotando en el aire, sus partículas entraban por mi nariz al respirar, estábamos en el mundo mi casa, mi familia, yo y las cenizas.


Capítulo 4

No basta para ser feliz sólo tener una familia y un mundo lleno de cenizas. Esto lo he descubierto hoy arremolinado en los brazos de mi mujer. Antes, cuando todo iba bien, me levantaba para ir a trabajar, la besaba en la frente, besaba el vientre donde crecía mi hijo, me acercaba al espejo, me besaba el reflejo, y buenos días y a la calle, y al trabajo, y a las horas me venía un sabor a mi familia a los labios y daba gracias a la naturaleza por habérmela brindado, pensaba que era lo único que necesitaba para ser feliz. A mi familia. Hoy estamos sólos ellos, la casa, el mundo rojo y yo. Y puedo decir que hacen falta más cosas para ser feliz. Hacen falta reuniones con amigos poetas para hablar de lo dentro que nos llegaron las flores del mal, hacen falta domingos viendo los dibujos animados del momento mientras la leche (fresca) va emergiendo entre los cereales. Hacen falta partidas de Scrable, películas nuevas que ver en el cine, hacen falta los parques que acaban en fuente, los buenos días del pan, los amores de autobús. Hacen falta los timbres de las escuelas y las campanas de las iglesias, el murmullo de las gentes por las calles del pueblo, hace falta la vida. La vida, para que la felicidad fuera absoluta.

Aun así es felicidad, el vientre de mi amor no me lo dieron tardes ajetreadas, ni citas en tertulias, el vientre de mi amor vino al tiempo que mi amor, que vino sin adornos, ni prisas, ni humanidades fingidas, sólo su cuerpo, portador de la mente que más amo y me acompaña ahora en la intimidad absoluta y sufre, como yo la soledad.

Gracias por esa parte a este dignificado holocausto. Por otra parte, si, maldito sea.

суббота, 27 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


CAPITULO 1

Delante, hasta donde alcanzan mis ojos a ver, rojo y ceniza es la tierra, páramo de un paisaje ya cadáver, detrás la casa en pie. Detrás de ésta el mundo. Rojo calizo, yerto, muerto, inerte.

Alrededor: La inmensa nada. Tierra roja que se extiende hacia todos los horizontes 
donde antes estuvo tu casa. el parque, la tienda de electrodomésticos y la panadería
los jardines, las escuelas, la librería de compra venta y el anticuario del hombre rácano,
la casa de citas, la casa de Ramón, de Elena, de tus seres queridos y los míos.
Y, más allá, donde estaban nueva york, bombay, tel aviv, groenlandia, ocurre igual.
Todo, un desierto inerme.  Arena, roca y fuego. 

Se podría decir que el corazón de este desierto es mi casa. 
No me arriesgo a aventurar que haya algún ser humano aún con vida por el mundo
pero si puedo certificar que soy el único que posee una casa indestructible, y conservas en lata,
comida, bebida, medicinas, plantas, armas (ay, nunca se sabe, no, nunca se sabe), entretenimientos,
una mujer hermosa, un niño loco que sonríe y juega y salta, un mundo completamente desolado y rojo
sólo para nosotros.

Dentro, mi mujer calienta el té. Fuera no sabemos si hay nadie. Dentro mi niño juega a la videoconsola o lee.
Fuera no sabemos si hay vida. Dentro yo me arremolino por las noches al vientre de mi amor.
Fuera el amor es polvo sobre piedras rojas, rayos ultrasolares arañando el mundo, violencia
de fuego. Dentro tenemos libros, videos, un piano, tres nombres, somos libres, somos uno.
Somos uno.


CAPITULO 2

Casi nunca me he aventurado a caminar hacia el infinito. Una vez. La primera fue después de la cuarentena,
establecida al azar con el criterio más cauto que tuve a bien aprovechar. Os podría definir todo con una palabra.
Pánico.
Pero os detallaré: Aproveché un día que a saber dónde se había escondido el sol y caminé hacia el infinito.
Con unas provisiones, un buen libro, una linterna y un saco de dormir para las noches (las noches ahora son un monstruo). La brújula me indicaba dónde estaba el sur  pero yo ya había perdido el norte. Justo desde cuando dejé de ver mi casa. Imaginad el pánico, tras caminar tres días, descubrir que el paisaje no cambia. Rayos ultrasolares deformando rocas, ríos secos, cadáveres de bosques, lagos, pueblos. Cadáveres azules y purpúreos por la tarde, amarillos y rojos por la mañana. Negros y fríos por la noche.
La sensación más parecida al terror que he sentido en toda mi vida. 

A los cuatro días había regresado a casa, le conté a mi mujer la situación. Lloramos. Yo me bebí sus lágrimas, ella me agradeció acariciando mi pelo. En cierto modo y casi sin palabras comprendíamos que estábamos sólos en el mundo. Que sólo nuestra casa indestructible ahora existía. Y menos mal por ella que teníamos a Iván. Pequeño niño dulce. Soñador de pasados posibles y remotos futuros. Nuestro hijo.

суббота, 13 ноября 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

"...-Hablas de la noche como un gigante- le dijo el fauno a la montaña, que se había dejado barba- y, es que desde donde tu estás, quizá parezca eso, y no otra cosa. Pues tu la ves venir de todas direcciones, apoderándose como un titán primero oscureciendo el horizonte, luego, de frente y cara a cara, la ves ir hacia ti mientras devora o pisa unos pueblos, sus campos, luego el valle, luego los ríos, el puerto de Mzejb, y mientras el otro gran titán se va achicando, y comprendes que es todo lo que queda. Sólo un gigante oscuro sobre el mundo. Sin embargo- Juan era consciente de que la montaña podía estar pensando neviscas, o canciones de viento, o en aludes, pero continuaba dando su monserga - aquí en el bosque a la noche la vemos como otra criatura más, y poderosa como un Olmo o un río, primero llega en forma de manto, como si fuera un edredón de estrellas por donde patrulla orgullosa la Luna, muy amiga en el bosque de las brujas y los jardines secretos de los faunos, y una vez se ha posado la Reina de los sueños todos sus hijos, los seres noctámbulos, las plantas, los reflejos de la luna en las charcas, ratoncillos, buhos y demás criaturas nocturnas u oscuras del bosque comienzan a cantar su rumor acostumbrado. Noche. Dueña de los ciclos del río. De los sueños de los olmos. Del tililar de cada estrella que compone su vestido azul y negro-.

La montaña, que llevaba horas y horas escuchando al fauno divagando, verbirroto, como escenificando un monólogo de sus pasiones y sus pensamientos, le dijo -Juan, Amapola. Amigo. Cuando la montaña calle profundamente, aprende a escucharla-.

Y un viento que bajó implacable de la cumbre lo golpeó en la cara...

четверг, 11 ноября 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

“... en otro sueño Juan Amapola descubrió un jardín secreto,
en él las flores más bellas crecían entre otras flores ya muertas,
el agua corría por un manantial que parecía haber estado seco
durante muchos años, algunas criaturas del bosque moribundas
se arrastraban entre las crisálidas que darían lugar a unas nuevas.
Este jardín secreto era como el bosque. Exactamente igual que
el bosque en el que él vivía, pero a pequeña escala. Las palmeras
se reflejaban en el agua como un espejo, todo hablaba, pero a
diferencia del bosque que Juan habitaba, todo prefería estar
en continuo y perpetuo silencio. Las hojas de los árboles, era
otoño, caían en silencio. Las flores y las criaturas morían en
silencio, ni siquiera las que nacían, nacimientos en el bosque
a los que se les atribuye una fiesta espantosa, nacían en silencio.
Sabían que cualquier ruido desvelaría el secreto del jardín.
Así que Juan adoptó su postura más cómoda, sentado junto
al agua del manantial (que le recordaba a su río) y sacando
su flauta la puso en sus labios sin emitir ningún sonido.

De pronto fue la danza del silencio, las piedras volaban en
forma de waltz, las hojas del árbol bailaban con estas, los
espíritus de las criaturas moribundas se alzaban de colores
sobre sus cuerpos, que desaparecían sin dejar rastro, y todo,
el agua del manantial, el reflejo en el agua, las palmeras,
las flores, todo lo que habitaba el jardín secreto, comenzó
a danzar en torno a Juan Amapola y su canción silenciosa.
Juan comprendió entonces que estaba en un sueño que
existió de siempre en lo profundo de su alma de fauno,
y que esta danza silenciosa que tanta paz le propiciaba
era la misma que se bailaba en su alma desde que nació...”

воскресенье, 7 ноября 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

"...la cumbre lo miraba indiferente. Juan hacía todo por llamar su atención. Se posaba sobre sus dos patas y gritaba a la nieve, enseñaba a unos pajarillos y unas piedras a cantar "ven, montaña, ven", las piedras desentonaban realmente, pero su voz traspasaba los límites del bosque y, la montaña, quieta, callaba. La nieve brillaba con los primeros rayos del sol y el río, que andaba despertándose, fluía tranquilamente bosque abajo, Juan no sabía qué hacer para que la nieve lo invitara a subir. Escribió en la rama de un árbol caído una carta "Señora montaña, he intentado comunicarme con usted por otras vías, pero ha sido imposible. Quería decirle que desde niño me apasionó su cumbre nevada cuando llega ésta época del año, y que el bosque se está quedando pequeño en este lado de la ladera. No quisiera importunarle más, pero tenga a bien acogerme en su cumbre, no como un visitante, si no como un amigo" y se la dió a un zorrillo de cola blanca, al que no le hacía mucha gracia la idea de subir a la montaña, pero quien previamente había recibido un salvoconducto para caminar entre los olmos los días de luna llena, con la única condición de no morder sus raices y no mirar con deseo a sus criaturas escogidas (faunos, buhos, moscas...), y para un zorro de cola blanca el ver a la luna entre los olmos es un privilegio, así que allá fue, a llevarle una rama del fauno  a la montaña. Juan siguió buscando maneras de caer bien, danzó "ven, montaña, ven" aprendió el lenguaje del viento y silbó hacia arriba "señora montaña, qué bella está usted hoy", y se echó a descansar junto al río, esperando respuesta..."

четверг, 4 ноября 2010 г.

Retales de "El fauno Juan Amapola"

El fauno Juan Amapola se ha despertado debajo del viejo Olmo. Los pajarillos cantan, las nubes se levantan, que si, que no, no llueve. La nieve reina a lo lejos, en lo alto cual ojo inmenso de cuento fantástico. El Olmo habla a Juan -niño pequeño, has dormido toda la noche sobre mi Raiz amante, has soñado primero que eras mariposa azul de pintor simbolista, luego que jugabas en los campos de maiz y tras esto has tenido una pesadilla en la que eras soberano de un bosque en decadencia y despoblado- Juan sonríe, mirando una mosquita volar sobre una hormiga que lleva la comida que esta vez no comerá la cigarra- La cigarra se ha muerto de frío en la nieve, mamá- le dice el fauno Juan, de los Amapola, al viejo Olmo- la hormiga se ha muerto de exceso en la mina- continúa- mas, sin embargo, esta mosquita, mamá, reinará los aires, en un vuelo libre y espontaneo, hasta el momento de su muerte- terminó - que morirá por cierto sobre tu raiz amante.

-Entonces no morirá- le dice el viejo Olmo.

-Mamá- le pregunta Juan Amapola- ¿Por qué no puedo morir?

Y el Olmo sonríe en silencio, y de sus raices levantan el vuelo cuatro o cinco moscas, de nuevo. Juan Amapola huele la mañana. Huele a que se va, del Olmo al fin, a que le toca irse.
Jaume Sabartés como un fauno tocando el aulos- Pablo Picasso

вторник, 2 ноября 2010 г.

Retal de "faro en la hisla". Final del capítulo tercero, creo.


¿Tendría algo que ver el fuego de unos ojos en todo esto? ¿Una piel morena que pareciera madera dorada al sol y fuera a la vez tan suave como acariciar la espuma de las olas? ¿Unos brazos inquebrantables y duros como las piedras de la hisla? Flor se debatía entre el fuego y el agua, desesperando en su habitación de hotel, mientras algo la empujaba, una extraña fuerza mental nacida de donde nacen los deseos, a salir corriendo hacia el faro temblando sobre la tierra como un terremoto con la máxima gradación en la escala, incontrolable como un caballo salvaje, desbordándose como un río que sabe que ha llovido lo suficiente como para hacerlo, a amarrarse pasionalmente al árbol más grande y noble que había visto en su vida, para bailar con él un ritmo nunca oído por el sentido humano, y correr las cortinas del faro para que los barcos no crean que de nuevo en la hisla hay vida, hay acción, hay fuego y pasión, y para que los gatos no se acercasen debajo a maullar encelados y tratar de arañar, y para que las aves viraran y no se posaran curiosas como gatos, y para que el mar siguiera rugiendo como siempre para que pareciese que nada ocurre en la hisla... Cuando en verdad si lo hiciera, si saliera corriendo como quiere, al verla la seguirían los gatos, las aves, los barcos y el mar, las gentes de la hisla, el aire, las hebras de hierba, todo, tras su paso, porque su pasión iluminada llamaría a seguirla, yo la seguiría, tu la seguirías, todo la seguiría sólo por ver si algo se contagia.
En ese momento sonó la puerta de su habitación. El nervio se posó, la duda voló, las cosas dejaron de temblar y ella se acercó, intimidada, a abrir la puerta. Gesto que le costó que ahora os tenga que contar algo y parar el relato en este momento.
Flor. Nacida en la penhínsula, enamorada desde el limbo de un ítaloparlante de pelo en pecho, celoso como las noches frías de las casas donde las familias se arremolinan alrededor de las chimeneas, malo como la misma maldad. Dueño de Flor por siempre. Que sin saber cómo, había recibido días antes una carta de su amante, una carta que roza la locura y habla de sueños con avionetas y faros donde la belleza vive en silencio, una carta mojada que sabe a sal y pondría los pelos de punta incluso al hombre más bueno. Y, claro, claro como el agua cuyos kilómetros acababa de recorrer para encontrarse con la remitente en un hotel con nombre de final del cuento. Claro, cogió sus cosas, pocas, no necesitaba nada, casi nada, sólo pelo y hombría y un barco. Y allí apareció.
Flor abrió la puerta y vio tras el umbral a su dueño. Corriendo escondió el rabo como hacen las perras asustadas, e iluminó su rostro una sonrisa que rozaba el terror.
-¿Amor?- tembló su voz- ¿Cómo has sabido que estaba en la hisla?
El la abofeteó y la tumbó en la cama. El día se hizo negro, negro, negro.
Fuera brillaba alto, curioso, el sol.

пятница, 29 октября 2010 г.

Retales de "Faro en la hisla". Faltan los pedazos que escribe Ella.



Del capítulo primero: La hisla.
"
"Cuando llegó la noche, el faro del fin del mundo apareció en la lejanía como una esplendorosa estrella." (Julio Verne)



Había deshecho las maletas. El viento golpeaba los tablones con los que las ventanas del Hotel "El desespero" habían sido tapiadas, para evitar que los mismos golpes abrieran las ventanas, viejas ya, como todo en la hisla, y así rompiera sus cristales y alarmara a los durmientes del piso de abajo o de arriba. Lloraba sobre la ropa colocada sobre la vieja cama en su vieja habitación desierta de otras gentes. Todo lloraba con ella; el viento, el mar, las camas colindantes, los habitantes de la hisla, la noche negra, la negra luz del faro roto, los barcos en la lejanía... Un pescador que no sabía pescar lloraba de inútil, una mujer que no sabía amar lloraba de vieja y sóla, un niño que no podía jugar lloraba de ahogado. Todo lloraba, de todos modos, se hiciera lo que se hiciese. Y se hacían las fiestas a la virgen del Carmen los siguientes días, y la misma virgen lloraría, por su hijo, por su hisla, por sus gentes.
Lloraba como si llevara siglos haciéndolo. Pero aun así saco fuerzas para colocar la ropa vieja en el viejo armario, y las sacó para sentarse sobre el viejo escritorio de madera vieja y húmeda de lágrimas, a escribir una carta a su amor, o a su desamor, que había sido abandonado, con y sin desprecio, en la penhínsula.
Sus lágrimas serían la tinta. "

Del capítulo segundo: El sueño
"
"Sueños, esos pedacitos de muerte, cómo los odio" Edgar Allan Poe
Ella iba y venía y venía e iba del sueño, como las olas contra el espigón, cada imagen en su hemisferio derecho rompía una y otra vez y se desmembraba en mil. Ahora volaba, estaba muy lejos de la hisla, y por supuesto del hotel, lejos del faro, sobre una avioneta cuyo piloto tenía una cara ahora, luego otra. Sobrevolaba la ciudad de la que venía. Podía ver con nítidez la pizzería Paolo´s, la casa de citas, el rinconcito aquel donde le dieron el beso primero, era, claramente, la ciudad que le vió crecer, pero en algunos instantes las cosas no eran del color que debían ser, y donde hubo una biblioteca ella sobrevolaba un zoológico, y donde estuvo la estatua a los libertadores de la patria ella sobrevolaba una biblioteca, pero era su ciudad no le cabía duda. Sentía una angustia en el pecho que le decía que el hombre de su vida debía andar por ahí, en la biblioteca leyendo a los grandes filósofos griegos, en casa Paolo´s pidiendo una frutti di mare sin cangrejo, en la casa de citas, acóstandose con Judithes, Salomés y demás viboras, y la angustia en el pecho le crecía y no por esto. Era una angustia in crescendo, como en un cuarto acto de una sonata para violín y piano, todo se amalgamaba, se expandía, y llegaba a los extremos. No podía más, gritaba el nombre de su amor y no lograba ni siquiera escucharse a sí misma, pero la avioneta daba vueltas por la ciudad cambiante y no se detenía, y el piloto de las mil caras ya no era un piloto ni tenía ninguna cara, porque ahora era ella quién tenía los mandos, intentaba aterrizar en un parque y se le volvía rascacielos, en un manso de arena y hierba en las afueras y se le tornaba lago, y gritaba su nombre en alto, y la ciudad cambiaba, y sentía su cuello y su pecho húmedos, y no podía aterrizar, y no sabía dónde estaba el, que tanto la amaba y ya no, que tanto lo necesitó pero ya no estuvo, sin más se dejó caer, con giros maestros, piruetas imposibles, vuelcos magistrales, hizo desaparecer la vieja avioneta en la inmensidad, pequeña, la avioneta, se creció en la inmensidad, porque ya todo era negro y avioneta, cuello y pecho húmedo de llanto, y gritos sordos que se despertaban en un hotel, en una hisla, sóla, sin el, pecho y cuello húmedo de llanto y voz afónica, sobre una carta recién escrita que a mitad empezó a desvariar.
La vuelta a la realidad le puso un sello maldito al día.
Pues traía de la mano del sueño el dolor del amor imposible. "

Del capítulo tercero: La carta
"
"Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo, porque en el fondo es todo" Julio Cortázar.
Tic, tac, tic, tac, decían los viejos relojes de pie de su alma, tem pus fu git tem pus fu git una y otra vez escribía en la esquina superior izquierda de uno y otro folio, que después arrugaba y tiraba al suelo sin darle importancia como le hubiera gustado quizá hacer con ese dolor, sacudírselo como una pelusa del hombro, relegarlo al espacio donde ya todo es poco y nada importa, pero en el fondo todo importa tanto... No podía más que levantarse, dar dos vueltas por la habitación, desafiar al sol descorriendo una cortina, plantarle cara ya definitivamente descorriendo la otra, mirar al faro, sentarse y tem pus fu git, tem pus... De pronto mirando la última ese escrita, la mesa, el suelo, todo, lleno de papelitos arrugados que bien debieran ser ese amor del que no se podía despojar, se tumbó en la cama. "Tu quisieras recibir mi carta...", "Tu siempre lo solucionabas todo recibiendo una carta mía..." Tu, tu, tu y así hasta tal punto que olvidó el yo, y se dejó llevar por el hermano gemelo de la muerte, de nuevo, tristemente.
Despertó y estaba oscureciendo, se oían las canciones de la virgen del mar rodeando la hisla, y a oscuras, sólo amiga del rayo amarillento de un faro viejo que había comenzado a funcionar, pensó que quizá no podría escribir si no bajaba a despejarse, a mezclarse entre las gentes, a buscar una emoción siquiera en una vista nocturna de la hisla. Se levantó, se dirigió al armario, sacudió de polvo un vestido, apropiado, porque aunque la hacía bella no dejaba entrever sus intenciones, al vampiro emocional que debajo del vestido existiría, y se vistió con el, encaminándose al lugar donde los marineros habían reunido a su Virgen, pobre y vieja virgen atada a la peana por cuatro malas cuerdas. Luces negras en las caras de las gentes, llanto de flores apesumbrado, y un niño que juega con una rama y un charco. Nada se le había perdido allí. No era ese amor el que buscaba, acaso el "ars amandi" y no el amor supremo, y no con cuatro ancianos, cuatro ancianas, llorándole a una vieja y pobre Virgen, si no quien sabe, en lo alto de la cima. Allí en la esquina donde ruge el día, un día artificial que en otros tiempos fuera la guía de un barco, y siempre amenazando allí en su altura. Se dirigió hacia el faro.
Ya era noche.
Era noche de viento y de secretos. "


среда, 27 октября 2010 г.

Desventuras de Igor de Abajoaziarriba.

Abajoaziarriba se levantó medio borracho, de lado a lado caminó primero hasta donde pudo caer sentado, luego hacia el cuarto de baño. Y vació. Vació todo, de ahí salían ramas, pajarillos, vigas de hierro, llaves ele que hacen falta (si, de las chiquititas), vació lo que tenía de recuerdos, vació una casa con una familia íntegra, un trabajo bien remunerado, vació las cuerdas vocales, las ganas, virutilla de serrín, vacío neuronas, el colon, las vísceras, el pedazito de cerebro que le hacía estar de pie y ya en el suelo vomitó veintitres clases de piano, un curso de tres meses de fotografía básico, varias deudas, un pie, una toalla de la playa que llevaba años perdida, un brontosaurio montado pieza a pieza en el museo de las ciencias, tardes de domingo en el campo con los niños, los niños, la mujer, lo vomitó todo, se quedó, os lo juro, vacío.


Desde ese día Igor de Abajoaziarriba fue mejor persona.
Ahora lo puedes ver levantándose del sitio para cederlo a una viejina. Pero esto no es nada. Te lo encontrarás oliendo las flores y disertando de filosofía alemana y su aplicación en el mundo del automovilismo moderno con las mariquitas del campo, lo verás toser y escusarse, lo verás querer a sus hijos y a su mujer más que a si mismo, ya lo verás, corriendo desnudo como un lobo las noches de luna llena. Nada es tan gris como lo fue la vida de este hombre hasta ese día, bendito sea, que vomitó todo lo que le aprisionaba.