Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.

пятница, 29 октября 2010 г.

Retales de "Faro en la hisla". Faltan los pedazos que escribe Ella.



Del capítulo primero: La hisla.
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"Cuando llegó la noche, el faro del fin del mundo apareció en la lejanía como una esplendorosa estrella." (Julio Verne)



Había deshecho las maletas. El viento golpeaba los tablones con los que las ventanas del Hotel "El desespero" habían sido tapiadas, para evitar que los mismos golpes abrieran las ventanas, viejas ya, como todo en la hisla, y así rompiera sus cristales y alarmara a los durmientes del piso de abajo o de arriba. Lloraba sobre la ropa colocada sobre la vieja cama en su vieja habitación desierta de otras gentes. Todo lloraba con ella; el viento, el mar, las camas colindantes, los habitantes de la hisla, la noche negra, la negra luz del faro roto, los barcos en la lejanía... Un pescador que no sabía pescar lloraba de inútil, una mujer que no sabía amar lloraba de vieja y sóla, un niño que no podía jugar lloraba de ahogado. Todo lloraba, de todos modos, se hiciera lo que se hiciese. Y se hacían las fiestas a la virgen del Carmen los siguientes días, y la misma virgen lloraría, por su hijo, por su hisla, por sus gentes.
Lloraba como si llevara siglos haciéndolo. Pero aun así saco fuerzas para colocar la ropa vieja en el viejo armario, y las sacó para sentarse sobre el viejo escritorio de madera vieja y húmeda de lágrimas, a escribir una carta a su amor, o a su desamor, que había sido abandonado, con y sin desprecio, en la penhínsula.
Sus lágrimas serían la tinta. "

Del capítulo segundo: El sueño
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"Sueños, esos pedacitos de muerte, cómo los odio" Edgar Allan Poe
Ella iba y venía y venía e iba del sueño, como las olas contra el espigón, cada imagen en su hemisferio derecho rompía una y otra vez y se desmembraba en mil. Ahora volaba, estaba muy lejos de la hisla, y por supuesto del hotel, lejos del faro, sobre una avioneta cuyo piloto tenía una cara ahora, luego otra. Sobrevolaba la ciudad de la que venía. Podía ver con nítidez la pizzería Paolo´s, la casa de citas, el rinconcito aquel donde le dieron el beso primero, era, claramente, la ciudad que le vió crecer, pero en algunos instantes las cosas no eran del color que debían ser, y donde hubo una biblioteca ella sobrevolaba un zoológico, y donde estuvo la estatua a los libertadores de la patria ella sobrevolaba una biblioteca, pero era su ciudad no le cabía duda. Sentía una angustia en el pecho que le decía que el hombre de su vida debía andar por ahí, en la biblioteca leyendo a los grandes filósofos griegos, en casa Paolo´s pidiendo una frutti di mare sin cangrejo, en la casa de citas, acóstandose con Judithes, Salomés y demás viboras, y la angustia en el pecho le crecía y no por esto. Era una angustia in crescendo, como en un cuarto acto de una sonata para violín y piano, todo se amalgamaba, se expandía, y llegaba a los extremos. No podía más, gritaba el nombre de su amor y no lograba ni siquiera escucharse a sí misma, pero la avioneta daba vueltas por la ciudad cambiante y no se detenía, y el piloto de las mil caras ya no era un piloto ni tenía ninguna cara, porque ahora era ella quién tenía los mandos, intentaba aterrizar en un parque y se le volvía rascacielos, en un manso de arena y hierba en las afueras y se le tornaba lago, y gritaba su nombre en alto, y la ciudad cambiaba, y sentía su cuello y su pecho húmedos, y no podía aterrizar, y no sabía dónde estaba el, que tanto la amaba y ya no, que tanto lo necesitó pero ya no estuvo, sin más se dejó caer, con giros maestros, piruetas imposibles, vuelcos magistrales, hizo desaparecer la vieja avioneta en la inmensidad, pequeña, la avioneta, se creció en la inmensidad, porque ya todo era negro y avioneta, cuello y pecho húmedo de llanto, y gritos sordos que se despertaban en un hotel, en una hisla, sóla, sin el, pecho y cuello húmedo de llanto y voz afónica, sobre una carta recién escrita que a mitad empezó a desvariar.
La vuelta a la realidad le puso un sello maldito al día.
Pues traía de la mano del sueño el dolor del amor imposible. "

Del capítulo tercero: La carta
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"Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo, porque en el fondo es todo" Julio Cortázar.
Tic, tac, tic, tac, decían los viejos relojes de pie de su alma, tem pus fu git tem pus fu git una y otra vez escribía en la esquina superior izquierda de uno y otro folio, que después arrugaba y tiraba al suelo sin darle importancia como le hubiera gustado quizá hacer con ese dolor, sacudírselo como una pelusa del hombro, relegarlo al espacio donde ya todo es poco y nada importa, pero en el fondo todo importa tanto... No podía más que levantarse, dar dos vueltas por la habitación, desafiar al sol descorriendo una cortina, plantarle cara ya definitivamente descorriendo la otra, mirar al faro, sentarse y tem pus fu git, tem pus... De pronto mirando la última ese escrita, la mesa, el suelo, todo, lleno de papelitos arrugados que bien debieran ser ese amor del que no se podía despojar, se tumbó en la cama. "Tu quisieras recibir mi carta...", "Tu siempre lo solucionabas todo recibiendo una carta mía..." Tu, tu, tu y así hasta tal punto que olvidó el yo, y se dejó llevar por el hermano gemelo de la muerte, de nuevo, tristemente.
Despertó y estaba oscureciendo, se oían las canciones de la virgen del mar rodeando la hisla, y a oscuras, sólo amiga del rayo amarillento de un faro viejo que había comenzado a funcionar, pensó que quizá no podría escribir si no bajaba a despejarse, a mezclarse entre las gentes, a buscar una emoción siquiera en una vista nocturna de la hisla. Se levantó, se dirigió al armario, sacudió de polvo un vestido, apropiado, porque aunque la hacía bella no dejaba entrever sus intenciones, al vampiro emocional que debajo del vestido existiría, y se vistió con el, encaminándose al lugar donde los marineros habían reunido a su Virgen, pobre y vieja virgen atada a la peana por cuatro malas cuerdas. Luces negras en las caras de las gentes, llanto de flores apesumbrado, y un niño que juega con una rama y un charco. Nada se le había perdido allí. No era ese amor el que buscaba, acaso el "ars amandi" y no el amor supremo, y no con cuatro ancianos, cuatro ancianas, llorándole a una vieja y pobre Virgen, si no quien sabe, en lo alto de la cima. Allí en la esquina donde ruge el día, un día artificial que en otros tiempos fuera la guía de un barco, y siempre amenazando allí en su altura. Se dirigió hacia el faro.
Ya era noche.
Era noche de viento y de secretos. "


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