Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.

вторник, 2 ноября 2010 г.

Retal de "faro en la hisla". Final del capítulo tercero, creo.


¿Tendría algo que ver el fuego de unos ojos en todo esto? ¿Una piel morena que pareciera madera dorada al sol y fuera a la vez tan suave como acariciar la espuma de las olas? ¿Unos brazos inquebrantables y duros como las piedras de la hisla? Flor se debatía entre el fuego y el agua, desesperando en su habitación de hotel, mientras algo la empujaba, una extraña fuerza mental nacida de donde nacen los deseos, a salir corriendo hacia el faro temblando sobre la tierra como un terremoto con la máxima gradación en la escala, incontrolable como un caballo salvaje, desbordándose como un río que sabe que ha llovido lo suficiente como para hacerlo, a amarrarse pasionalmente al árbol más grande y noble que había visto en su vida, para bailar con él un ritmo nunca oído por el sentido humano, y correr las cortinas del faro para que los barcos no crean que de nuevo en la hisla hay vida, hay acción, hay fuego y pasión, y para que los gatos no se acercasen debajo a maullar encelados y tratar de arañar, y para que las aves viraran y no se posaran curiosas como gatos, y para que el mar siguiera rugiendo como siempre para que pareciese que nada ocurre en la hisla... Cuando en verdad si lo hiciera, si saliera corriendo como quiere, al verla la seguirían los gatos, las aves, los barcos y el mar, las gentes de la hisla, el aire, las hebras de hierba, todo, tras su paso, porque su pasión iluminada llamaría a seguirla, yo la seguiría, tu la seguirías, todo la seguiría sólo por ver si algo se contagia.
En ese momento sonó la puerta de su habitación. El nervio se posó, la duda voló, las cosas dejaron de temblar y ella se acercó, intimidada, a abrir la puerta. Gesto que le costó que ahora os tenga que contar algo y parar el relato en este momento.
Flor. Nacida en la penhínsula, enamorada desde el limbo de un ítaloparlante de pelo en pecho, celoso como las noches frías de las casas donde las familias se arremolinan alrededor de las chimeneas, malo como la misma maldad. Dueño de Flor por siempre. Que sin saber cómo, había recibido días antes una carta de su amante, una carta que roza la locura y habla de sueños con avionetas y faros donde la belleza vive en silencio, una carta mojada que sabe a sal y pondría los pelos de punta incluso al hombre más bueno. Y, claro, claro como el agua cuyos kilómetros acababa de recorrer para encontrarse con la remitente en un hotel con nombre de final del cuento. Claro, cogió sus cosas, pocas, no necesitaba nada, casi nada, sólo pelo y hombría y un barco. Y allí apareció.
Flor abrió la puerta y vio tras el umbral a su dueño. Corriendo escondió el rabo como hacen las perras asustadas, e iluminó su rostro una sonrisa que rozaba el terror.
-¿Amor?- tembló su voz- ¿Cómo has sabido que estaba en la hisla?
El la abofeteó y la tumbó en la cama. El día se hizo negro, negro, negro.
Fuera brillaba alto, curioso, el sol.

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