Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.

понедельник, 27 декабря 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 13

Si. Como siempre. Lloro. Mientras lo persigo lloro. Con todo mi cuerpo. He pasado años en este mundo rojo vacío de vida, sólo he visto alguna vez sesenta cucarachas preparando invasiones al rincón del sofá o la despensa, y ahora mis ojos lloran mientras la persigo perdiéndose sobre la linea del horizonte en dirección al rojo sol. Qué imagen más monstruosa me evoca. Con mi creencia firme desde el principio de que vivíamos en pura soledad plena. Pero ahora, aquí, a mucho tiempo desde mi partida, mis ojos miran un ave perderse. 
No puedo esperar para contárselo a mi mujer y a Iván. Por un instante siento unas ganas horrendas de volver a su lado corriendo y contarles que hay un ser alado que ha sobrevivido, quién sabe si construyó su nido con la misma alquimia de amor que yo construí mi casa. Pero ahí está. El ave Ícaro, perdiéndose contra el Dios del fuego.

Ahí estamos los dos, volando sin temor hacía el futuro, que siempre queda de frente. El con sus alas, díptero. Yo con mi llanto humano.



Capítulo 14

Doble arcoiris sobre el desierto. Oh. Ah. Sí. Increíble. Doble arcoiris. Mis sueños desde que vi al pájaro son diferentes. Antes siempre ocurría una historia con principio y fin. Algo terrorífico o hermoso. Y siempre ocurría en mi casa. Con Iván, con mi mujer. Pero ahora, desde que vi aquel pájaro, mis sueños son imposibles iconos coloridos, ríos azules donde se puede beber algo que no sea azufre; cascadas, estanques, arcoiris, arcoiris dobles, mujeres bellas haciendo el amor sobre una sábana caliente y mojada, atardeceres de mar serena, mi mujer y mi hijo sonriendo y dando vueltas sobre si mismos...
Cada vez que despierto de mis sueños de color y me encuentro mi mundo rojo, que me espera con su ojo rojo que me mira con su pupila de fuego, que ayer fue un ave y hoy es otra, una sonrisa nostálgica despierta conmigo.

A lo lejos distingo una ciudad. Provisiones. Agua quizá. Cobijo seguro. Me encamino a la destruida urbanidad, buscando quizá un instante de sociedad en bucle, una cafetería con tres personas. Uno tose. Otro desayuna tostadas de aceite. Un tercero marca varios números y acaba marcando el seis y se pone a hablar con su pareja mientras la camarera pasa la balleta por la barra y yo doy un trago a mi café como si nada hubiera pasado. Como si me fuera a incorporar a mi trabajo en media hora. Leo el periódico y este reza: 
Recuerda: esto que vives es imposible. Esta vida fue destruida. 

Sacudo la cabeza para que se evaporen las nostalgias tontas, sigo caminando. La ciudad está cerca.



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