Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.

вторник, 30 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 5

Fue desolador. Primero oímos las explosiones. Estábamos en el búnker de la casa cuando sonó la primera. Medio mundo estaba avisado de que el otro medio atacaría, por eso no nos pilló por sorpresa a mi mujer y a mi. Así empezó todo, como así siempre empieza todo lo que acaba con la vida. Con amenazas primero y explosiones después. Cuando oímos la primera nos abrazamos fuerte y lloramos. No nos abrazábamos por miedo, no llorábamos de terror. Nos abrazamos por nuestros seres queridos. Los suyos. Los míos. Los nuestros. Y llorábamos. Llorábamos por Iván, que no conocería el mundo nuestro, el mundo para el que lo habíamos concebido, si, a sabiendas de que ésto podía ocurrir, un mundo de zapatillas de andar por casa, domingo lluvioso de nostalgias, noches de parques descubriendo el amor, y si, también mundo de envidias y desidias, de Lupus est homo homini, non homo, de niños que se tiran terrones de arena... Al fin y al cabo un mundo perfecto, perfecto para ser cambiado, para ser vivido mientras es cambiado.

Desolador...
Después un gran silencio. Ya os he hablado de éste. El silencio ruidoso, atronador, campanadas a muertos, y después el fuego. La primera vez que salí del bunker, antes de acabada la cuarentena, el cielo y la tierra eran rojos, el rojo intenso que mis ojos veían a duras penas era las cenizas de la naturaleza, que había ardido durante meses y ahora se esparcía. Casi no podía respirar. Volví al bunker. Mi mujer estaba a punto de traer al mundo a Iván. 
Me dediqué a ellos los siguientes días. Nunca jamás volví a pensar en poner en peligro mi vida, en saltarme la cuarentena. Puede que no fuera a tener zapatillas de casa y domingos lluviosos, pero no podía negarle un padre. Su protección, su consejo, su amor.


Capítulo 6

Mi mujer. Segunda maravilla del mundo (si, a eso jugamos, a nombrar las nuevas siete maravillas). Mi niño, primera maravilla. Y yo. Maravilla obligada (no creo ser digno de tal adjetivo). Si de mí dependiera, mi mujer y mi niño seguirían siendo la primera y la segunda maravilla, pero no sería yo la tercera. La tercera sería mi casa indestructible. La cuarta el momento en que el sol va a desaparecer. La quinta el momento justo después de que desaparezca. La sexta los abrazos que nos unen a los tres en las frías noches, y la séptima el amor que nos une y nos mantiene felices los días de calor asfixiante. Pero al no jugar yo sólo tengo que conformarme con ser la tercera maravilla, pues así lo quieren Iván y mi mujer. La cuarta es un osito de peluche. La quinta un cuadro de Klimt. La sexta el observatorio del solarium. La séptima la increible lluvia de colores que cae de tanto en cuando. Así lo han decidido ellos y yo con mi silencio los apoyo hipócrita. 

Mi mujer, segunda maravilla del mundo, ayer me invitó a reflexionar. ¿Y si mi casa no es la única casa indestructible?. ¿Y si hay otro Iván creciendo y jugando en cualquier parte del mundo?. Y de así ser... ¿Y si no está tan lejos la otra casa?. Ella lo dijo, tan tranquilamente, y yo después, antes de irnos a dormir, antes de cerrar los ojos otra noche más sintiendo que estamos solos en el mundo, que no hay más casa indestructible que la mía, ni más familia feliz, ni más maravillas que las que todos decidimos o yo callo, me preparé para un sueño atroz. Os lo describiré otro día. Ahora estoy cansado de escribir y pensar.


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