Las cosas de Iván Federico

Átomo perdido en la llanura, que me nombró el poeta, nací sin querer y moriré sin poder evitarlo.

вторник, 30 ноября 2010 г.

Desierto rojo.


Capítulo 7

Lo contaré como si hubiera pasado, porque pasó ya que fue soñado. Cadáveres. Días y días (ya os hablaré del tiempo aquí, se mide en días) pisando cadáveres.  No seis días, ni doce. Ni cien siquiera. Años quizá, caminando sobre cadáveres. Cadáveres de bosques, de pueblos, de ciudades, de autos ya no tan móviles, de personas. No es difícil imaginárselo. Ya os he hablado mucho del mundo en que vivo así que imaginad el mundo en el que sueño. Barba de cientos de días. Pies destrozados, abrasados. Piel negra como la tizne. Cientos de días añorando a mi familia, soñando cada noche con qué será de nuestra cómoda vida en nuestro conocido páramo sin mi, y de repente, el pensamiento es interrumpido por una columna enorme de humo. Humo, humooo, hummmm, hummmmanidad. Humo, de humanidad. Y una casa si trazas una linea hacia el origen del humo. ¡Personas!. ¡Si!. Necesité un sueño donde sufrír lo que no me atrevo a sufrir en la vida para encontrar un rastro de vida en este desierto rojo.

Ahí estaba yo, parado. Llorando. Alegre. Asustado. Lo veréis una estupidez pero sólo pensaba en afeitarme. Tanto tiempo sin tratar con un ser humano bien podían haberme convertido en una mala bestia, cientos de días caminando bien podían haberme tornado a una especie de monstruo. Así que eso hacía, llorar y añorar unas cuchillas con las que presentarme en esa casa como lo que sigo siendo aun, despues de tanto tiempo... Un ser humano.

Avancé hacia la casa. No sabía qué encontraría allí. Asesinos. Otra familia. Un hibrido humanobestia hambriento de sal y sediento. Mientras se me pasaban estas idéas por la cabeza sentí un beso en la frente, oí "buenos días, amor", la casa descubierta y el sueño se disiparon, y vi a mi mujer despertarme dulcemente, como cada día.


Capítulo 8 

Os voy a hablar del tiempo. No del tiempo como vosotros lo conocéis de veinticuatro horas al día y así y etcétera. Si no del tiempo como se concibe aquí. No como un bicho que camina y camina, como dice uno de los pocos libros que conservo en casa, última biblioteca de la humanidad. Si no como un monstruo que se devora a sí mismo, que se come los días y las noches como si fueran uno, que se come mis ilusiones, mis esperanzas y mis anhelos. 
Aquí si haces un puzzle de mil piezas no ha pasado ni un día cuando lo has terminado. Si. El sol se ha ocultado y ha salido varias veces. Pero eso no es ni un día. Eso aquí es un suspiro. Ha pasado un segundo aquí cuando para uno de vosotros, seres lejanos para quien escribo, pasados o futuros, seguramente hayan pasado días enteros. Aunque he de reconocerle al tiempo cierto poder de mutación. Y hay días que muta. Y hay días que ocurre exactamente lo contrario porque ha mutado. Y ya no es un bicho lento como dice el libro, si no un caracol. Esos días los aprovecho para abrazar a mi esposa o leerle a Iván los últimos poemas que he escrito. Los aprovecho para mirar por la ventana al infinito o para tomar un café releyendo el libro aquel que habla del tiempo como un bicho. 

Como podréis acertar a pensar, aquí el tiempo es una bestia dulce. Igual te pega la sacudida que te mece. Aquí eres para el tiempo como para ti sería un grano del poso de un café. Estás a su merced y no te valdrán relojes, calendarios, frases hechas, rayas en la pared, libro de planes, ya lo he intentado todo y no consigo domar al tiempo. Imaginad una pulga domando al domesticador. Así sería. Pero la realidad de la pulga siempre fue otra, y su destino siempre será otro. 
Ser pequeña en el mundo y en el tiempo.

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se asoman al espejo